El Valle de Güimar desde la Dehesa y los Pelados.

 Amaneció un nuevo día y una vez más el horizonte se vistió de gala, Dios puso entre la tierra y el cielo toda la belleza conjugada de que disponía ordenando de forma magistral el más grandioso, elocuente y hermoso paisaje que puede penetrar en mente humana a través de su retina; una sinfonía de formas y colores capaces de deleitar al más exigente ser humano hasta llegar a lo más profundo del alma, al nirvana, hasta el embebecimiento, ensoñamiento, sin poder articular palabras; aquí sobran los sonidos, las imágenes hablan por si solas, en estos casos, aquella frase que dice: "una imagen vale más que mil palabras" toma su dimensión infinita. El hombre se ve en su tamaño real, un átomo, ante tan enorme y hermosa escultura, cambiante cada segundo que pasa, sin dejar de ser hermosa; la policromía de su estructura excita todos los sentidos, el tamaño infinito de sus formas reduce al hombre a su primogénesis, a su tamaño más primitivo. Cuando el hombre ve estas cosas creadas por Dios piensa, o debe pensar en un Ser Superior, pero su ceguera le impide ver más allá de ese precioso  horizonte de colores que el Supremo le regaló para su deleite y grandeza espiritual; y pasarán muchos años, siglos y milenios para encontrarse con ese Arquitecto que creó esa materia impalpable, pero materia al fin,  para con ella crear esas maravillas que embarga los sentidos y resplandece en el alma.

Quizás el hombre haya creído que más allá de lo que ven sus ojos ya no exista nada que valga la pena ver; que ese gigante y hermoso cuadro es la cima de la belleza de Güimar, y aunque crea tener razón por la inmensidad del cuadro y la infinita calidad del mismo, les puedo asegurar, que mañana habrá allá en el horizonte, otra visión diferente, y de tanta hermosura como el cuadro de hoy, y pasado mañana y el siguiente por los siglos de los siglos, cada día un paisaje nuevo con matices diferentes. Los cambios en la forma de las nubes se suceden, los rayos del sol inciden sobre su estructura dándoles formas nuevas con colores caprichosos más allá de la comprensión humana, pero nuestro Arquitecto, creador de tanta belleza no tiene descanso, ni vacaciones; trabaja para recrear en nuestras mentes su obra, y nos la regala.

Sería bueno que los güimareros mirásemos un poco más hacia dentro y mucho menos a lo de fuera. 
Bueno también que teniendo un espejo propio donde mirarnos no lo miremos y valoremos más, y  sigamos apreciando lo de fuera, más que a lo de casa. 

Güimar, desde la Dehesa y los Pelados, ofrece al mundo además de los mejores vinos y frutos, el más hermoso paisaje que la Naturaleza tiene a su alcance, desde la cumbre hasta el horizonte. Aunque ahora haya que taparse el ojo derecho para no ver los hoyos que han hecho en el barranco de las rosas, ahora barranco de los hoyos.

Pero el hombre tendrá que darse cuenta de que Dios le dio al mismo tiempo, fuerza y razón para distinguirnos del mono.

Hagamos entre todos que Güimar, Arafo y Candelaria,  sea por siempre un Gran Vergel, para  toda  nuestra gente y para los amigos que vengan a vernos, y que nuestro Valle sea una replica del Horizonte que Dios nos regala cada mañana.
Güimar, Arafo y Candelaria.
Jecego.







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