Nada se acaba. Todo cambia.

Cuando una flor da libertad a su perfume,
para que haga feliz al hombre que ama,
desnudando el color de sus pétalos, consigue
atraer sus sentidos hasta su imagen desnuda;

su tallo se inclina y mira
a su sombra con ánimo  de venganza,
da sus últimos halos de perfume
y sus  pétalos  de decoloran sin esperanzas;
mira a sus ojos y pide
más tiempo para irse;

ese supuesto viento que la inclina,
que roba su perfume y color, se lleva
el milagro de su vida y confianza
a un mundo nuevo, su semilla nueva;
que germinará de nuevo, en nueva tierra,
y volverá a ser  como siempre
primorosa flor, admirada.

Nada se acaba. Todo cambia.


Jecego.